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Cuatro angustiosas horas en una sala de espera de urgencias

PÚBLICO: Escribo estas líneas en la sala de espera de urgencias. Han pasado cuatro horas desde que llegamos. Hospital Clínico. Barcelona. Es curioso cómo eso de que el tiempo es emocional y no lineal cobra especial sentido en los hospitales, sobre todo cuando toca esperar por alguien. A nuestra llegada, mi hermana y yo nos sumamos a un pequeño grupo de población flotante que, atenta a un altavoz que se activa cada cierto tiempo para llamar a “los familiares de”, navegaba ya en una balsa común, la de los que esperan. Una balsa, una sala, donde la protección de datos salta por los aires y humilla a cada paciente y acompañante para que cuenten su caso a gritos.


Fuera, al otro lado de los cristales, el mundo vive ajeno a esta burbuja de tiempo varado en la angustia y la expectativa: hay tráfico, hay transeúntes, hay ruido que tapa los silencios de cada uno. La actualidad habita en lo que no es esto, hasta aquí no llega: no hay revistas ni hay tampoco ningún monitor de televisión, sólo los móviles de cada uno/a disparando entretenimiento individualizado con el que matar los minutos, que a veces son horas.

Desde nuestro rincón, atrincherados en la isla de sillas inutilizadas por respeto a la distancia reglamentaria, vemos llegar con cuentagotas a nuevos esperantes, cada uno con su urgencia al hombro. Son hombres y mujeres que se acercan al mostrador y saludan a la pareja de recepcionistas, la tarjeta sanitaria en una mano, el móvil en la otra. Cuando toca hablar, llega el primer escollo. La gran pantalla de cristal no deja oír al que habla al otro lado y el micrófono funciona mal y a deshora. Solución: gritar, después de haber pegado el dorso de la tarjeta al cristal para que la mujer anote el código en el ordenador y vaya directamente al historial del paciente. En cualquier caso, eso es apenas un formalismo. Exista o no historial en el ordenador, la recepcionista repite a voz en grito los datos de quien llega: nombre, edad, dirección y DNI completo. Como el micrófono y el altavoz están en mal estado, los datos se repiten una media de tres veces hasta que el acuerdo es completo. Mientras tanto, detrás del paciente, los esperantes, aburridos, escuchamos nombres, apellidos, direcciones, números de DNI o pasaportes, viendo sufrir al recién llegado, que es consciente de que todos los que estamos allí sabemos ya quién es y que de pronto cae en la cuenta de que el proceso de grito/micrófono roto/grito va a repetirse en breve, cuando tenga que comunicar el motivo que le ha llevado al mostrador.

Los esperantes sabemos lo que ha de llegar y algunos, los menos, se colocan rápidamente los auriculares para no vivir la violencia que se avecina. La recepcionista termina de confirmar datos, levanta la vista y pregunta:

–¿Qué le pasa?

Algunos dudan un instante, acorralados entre el cristal y las miradas silenciosas de la veintena de esperantes que tienen a su espalda y que ven reflejadas en el vidrio. Buscan, a la carrera, el modo de decir lo que han venido a contar sin compartirlo con toda la sala, pero enseguida entienden que no hay escape. Entonces acercan la boca al micrófono y confiesan, lo más parcamente posible, qué les lleva hasta el cristal.

De entre los casos que han llegado, llaman la atención, por encima de los demás, el de un chico al que anoche se le rompió el preservativo mientras tenía relaciones sexuales y estaba preocupado por si “había pillado algo”. Al pobre, que tendrá como muchos 20 años, casi no le salía la voz. Cuando ha terminado de contar, desde el otro lado, la recepcionista lo miraba con cara de póker. Un pequeño silencio y: “¿Puedes repetirlo? Es que he oído solo el principio”. Un par de segundos de respirar hondo y vuelta a empezar. El condón roto del pobre chico, su angustia y un par de preguntas añadidas de la recepcionista por los altavoces han rebotado por la sala como el eco de un disparo en pleno bosque. Vergüenza. El pobre muchacho estaba tan avergonzado que cuando ha terminado de dar todos sus datos ha optado por pedir que por favor le avisaran por teléfono, que prefería esperar en la calle.

Ese ha sido el primero, pero no el peor. Hemos oído historias de todo tipo, algunas más livianas que otras, hasta que le ha tocado el turno a Víctor. Víctor ha llegado acompañado de un amigo, ambos en la treintena larga. Se han acercado al mostrador y después de dar y repetir sus datos, a la pregunta: “¿Qué te pasa?”, Víctor ha apoyado la cabeza contra el cristal y ha dicho, con una voz llena de sombras:

–Es que me lleva el doctor X, él está al corriente. Vengo porque desde anoche me encuentro un poco bajo y prefiero que me vea.

La recepcionista ha mirado la pantalla y al cabo de unos segundos ha dicho:

–¿Psiquiatría, verdad?

Víctor ha asentido con la cabeza, sin separar la frente del cristal.

–No sé si el doctor X visita hoy –ha dicho la chica–. Deja que lo compruebe.

Cuando Víctor ha oído eso, ha hecho lo que ninguno de los esperantes creíamos que íbamos a ver. Lo que Víctor ha hecho ha sido echarse a llorar, primero muy discretamente, al poco presa de una desesperación que ha roto la sala por la mitad y que ha puesto a la recepcionista en marcha al segundo.

Como un niño. Víctor lloraba como un niño contra el cristal mientras dos enfermeros venían a por él y se lo llevaban a la sexta planta, dejándonos a los esperantes detrás, sumidos en una congoja culpable y fea.

Yo sé quién es Víctor, y Alain y Rosa y el padre cojo de Amalís. Yo sé quiénes son todos ellos, pero no tendría por qué saberlo. Son cuatro horas sin parar de conocer datos privados de las vidas de personas cuya intimidad salta por los aires en una sala llena de angustia. En nuestro día a día nos enfrentamos constantemente a cláusulas de protección de datos que nos impiden hacer mil y una cosas, a veces sin explicación lógica. Lo cotidiano se protege, pero cuando llega la vulnerabilidad, cuando realmente tu privacidad debería ser prioritaria, nadie mira por ella.

¿Cómo sabe Víctor que yo no conozco a sus padres y al salir del hospital llamaré a su casa para preguntar a su madre cómo está por lo de su hijo? ¿Cómo sabe nadie si el muchacho al que se le ha roto el preservativo es alumno de un colega mío y yo uso esa información por despiste –o no– y termino por perjudicarle? ¿Cómo se permite que en las ventanillas de urgencias tengas que dar tu nombre, dirección y número completo de DNI a voz en grito y dejes tu intimidad al aire, añadiendo, como en el caso de Rosa, que sus dos hermanas tienen cáncer y que una está en planta y la otra en urgencias, pero le es imposible cuidar a las dos porque no tienen a nadie más aquí?

La protección de datos salta en esta sala por los aires cada vez que entra un paciente. Aquí, donde llegamos vulnerables y vendidos, dispuestos a dar lo que sea por salir lo antes posible, curados y dispuestos a sumergirnos en la actualidad de ahí fuera. Cuidar al paciente es, además de curarlo, preservar su identidad, asegurarnos de que no debe añadir la vergüenza de ver expuesta su angustia y vulnerabilidad en público.

Eso también es medicina.


 

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