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La salud mental en Galicia, en bragas

PÚBLICO, Antía Yáñez: Volvió a pasar. En mi última cita. Iba contenta, había hecho progresos. Una ya es veterana, pero aun así no dejas de ilusionarte cuando los meses pasan y pasan bien. «Todo bien, todo bajo control», te dices. Y quieres compartirlo con la psicóloga, que vea que todo va de la manera que tiene que ir. Caminaba por el centro de salud con el pecho bien hinchado de clichés aquella mañana: todo era maravilloso, de color de rosa, había comenzado el día con buen pie, hoy tenía que echar la quiniela. Llevaba todo bien apuntadito mentalmente. Mi novio, a mi lado, todo bien apuntadito manualmente. Por mi dolencia, no es raro que me acompañe de vez en cuando a las sesiones. Un testigo de primera mano. Totalmente imparcial, por supuesto, porque cuando vives con alguien, ese alguien también sufre tu diagnóstico, aunque no aparezca en su expediente. Así que allí estaba yo, eufórica de auto-éxito, dispuesta a compartir con la psicóloga las pequeñas victorias de lo cotidiano, cuando fui llamada a consulta y me encontré cara a cara con ese rostro desconocido. Hacía vuelto a pasar. Me habían vuelto a cambiar la psicóloga sin previo aviso.


«¿Dónde está...?», había querido preguntar. Pero no recordaba su nombre. No era quien de recordarlo a pesar de que había estado meses contándole cosas que no le contaba a nadie más. Meses. Meses es una palabra que no significa lo mismo según el momento de la terapia en el que estás. Cuando ya llevas años, como yo, ver los psicólogos y las psiquiatras cada tres o cuatro meses es un alivio. Significa que todo va como tiene que ir.

Al comienzo, no obstante, tener citas con una frecuencia de meses es una condena a muerte. «La depresión es la principal causa de problemas de salud y de discapacidad en todo el mundo. Según la OMS, entre 2005 y 2015 se incrementó su prevalencia más del 18%», indica Jose Berdullas, psicólogo clínico del Sergas y miembro del Movimiento Gallego de la Salud Mental (MGSM). «Los estudios señalan que aproximadamente una de cada tres consultas en Atención Primaria tiene que ver con cuestiones de Salud Mental, fundamentalmente ansiedad y depresión. De hecho, en nuestra comunidad un 12,57% de las personas declaran tener problemas crónicos de ansiedad y un 12,06% problemas crónicos de depresión, según la Encuesta Europea de Salud en España de 2014, realizada por el Ministerio de Sanidad».

Le pregunto a Iria Veiga, psiquiatra, si en estas dolencias el tratamiento es tan sencillo como dar una píldora. «Para algunas patologías será esencial la medicación y para otras será esencial la psicoterapia, no siendo el fármaco o usándolo como apoyo». Pero añade: «una gran proporción de los problemas que vemos en consulta se resolverían sin medicación si hubiera un seguimiento psicológico acomodado». Entonces, ¿hay sobremedicación de los pacientes de salud mental por no poder derivarlos a especialistas? «Rotundamente sí», responde Veiga. Berdullas concuerda: «los médicos de Atención Primaria son los primeros en recibir el paciente y buscan, con buena intención, la mejor solución, ya que el nivel de atención especializada se encuentra sobresaturado. Es el propio sistema el que potencia la sobreutilización del tratamiento psicofarmacológico dado que en lo inmediato (no es así a medio plazo) resulta más sencillo, rápido y aparentemente económico. Sin embargo, esto también promueve la cronificación de problemas que no son de la orden de lo biológico».

Veiga añade: «yo, en mi práctica personal, me doy cuenta de que estoy tratando muchos cuadros leves, farmacológicamente hablando, porque simplemente no existe otro recurso. No existe recurso público y esa persona en concreto no tiene capacidad para pagarse un recurso privado».

Esas palabras dan vueltas en mi cabeza. La primera vez que tuve que acudir a los servicios de Salud Mental era una estudiante sin recursos. Mi padre y mi madre, por fortuna, sí los tenían. Comencé en la pública porque el profesional que atendía la rama infantil de mi centro de salud tenía disponibilidad y yo, aunque mayor de edad, era aun bastante joven como para que me tratara él. Son meses que casi tengo borrados de la memoria, meses duros. Hubo días que no me quería levantar de la cama, días en los que no podía dejar de pensar que nada tenía sentido y que si la vida era eso, yo no quería vivir. Tuve suerte. Pude ir a sesiones cada semana o cada quince días. Porque el profesional tenía hueco, no porque yo las necesitara, que las necesitaba, por supuesto. Pero eso nunca fue un motivo suficiente, necesitar atención médica especializada en el campo mental. El motivo suficiente y necesario es la disponibilidad del profesional. Por eso yo tuve suerte. Por eso me pasé a la privada por temas de conexión personal con la persona que me atendía, y no por déficits en esa atención. Por eso a mí no me medicaron hasta pasadas semanas, cuando vieron que la mejor aproximación para mi dolencia era atacar por dos frentes, la farmacológica y la terapia psicológica.

Lidia, 26 años, no tuvo tanta suerte: «Comencé en la pública con 15. En el médico de familia me dieron ansiolíticos y me derivaron al psicólogo del centro de referencia, situado en la villa de al lado. Allí no me sentí bien atendida, ni en frecuencia, ni en la asistencia. Al final me pasé a la privada, aunque soy defensora de la sanidad pública, pero no tiene recursos suficientes y la salud mental está muy abandonada». Miriam, 30 años, explica algo semejante: «a mí la medicación siempre me la llevó mi médica de cabecera. A los diez fui a una psicóloga privada que pagaron mis padres, por un cuadro de depresión infantil. Intentamos ir por la seguridad social, pero como lo mío no era considerado ‘grave’ y no me podían asegurar una continuación en la pública, no me quedó otra. Necesité acudir de nuevo la Salud Mental en la adolescencia por trastornos de ansiedad y depresión, así que decidieron que la ‘terapia’ podía llevarla mi médica de cabecera. Con ese cuadro es difícil que la atención de la seguridad social te la ofrezca un profesional de la Salud Mental. No soy considerada un caso importante ni de gravedad. Salvo días puntuales, no me afecta a mis deberes diarios, nunca tuve que coger una baja, aunque sí que afecta de forma importante a mi calidad de vida y, en ocasiones, hasta deriva en problemas psicosomáticos (adormecimiento de extremidades, dolor de cabeza, palpitaciones, problemas intestinales...). Mi médica de cabecera me recetó relajantes musculares, antidepresivos, pastillas para dormir y ansiolíticos».

Espero que no todo junto, intento bromear. Porque aquí, si no le pones un toque de humor al asunto, el asunto acaba contigo. Cuando la sonrisa se me borra de la cara, caigo en la cuenta de que yo, entonces, supongo que fui considerada como «grave». No sé si eso es bueno o malo; al fin y al cabo, fue lo que consiguió que tuviera derecho a la atención pública y de calidad que todo el mundo merece y que al parecer solo unas pocas personas tenemos cuando se habla del ámbito de la Salud Mental en Galicia. «Existen listas de espera en algunas áreas sanitarias de hasta un año, y de tiempo entre consultas de unos 3-4 meses», dice Berdullas. «Realizar así un tratamiento psicoterapéutico acomodado y eficaz resulta muy complicado, lo que genera un sufrimiento a mayores en el paciente y en su entorno que podría y debería ser evitado. Esto deriva directamente en la imposibilidad de que un paciente escoja cómo ser tratado (ley de la autonomía del paciente)».

Intento recordar el nombre de la psicóloga que ya no está en la silla donde ahora se sienta esta desconocida. Intento recordar el nombre de los profesionales que tuve antes que ella. Intento recordar cuántos profesionales tuve antes que ella, a secas. El psicólogo infantil, el psiquiatra de mi pueblo de nacimiento, la psicóloga privada que me pagaron papá y mamá, las dos que estuvieron aquí antes que esta, los tres psiquiatras que me atendieron las tres últimas veces en la sala de al lado... Y eso que yo fui de las que tuvo suerte. Ya sé por qué nunca me acuerdo de sus nombres. Un método de autodefensa, para no cogerles cariño. Nadie le pone nombre a los cerdos que va a matar por el San Martiño.

«La Salud Mental en Galicia es de extrema precariedad, tanto en el área de los profesionales como de los pacientes», dice Veiga. «Hay falta de efectivos humanos, sobre todo, y además existe una alta eventualidad de las contrataciones. Eso, evidentemente, repercute en la calidad de la atención a los enfermos». Berdullas añade: «los profesionales llevamos décadas trabajando en la escasez, lo que da lugar la una progresiva desmotivación. Hacemos importantes esfuerzos por ayudar los pacientes, pero el volumen de personas a las que atendemos y las malas circunstancias que rodean nuestras intervenciones provocan que los efectos de los tratamientos que administramos no sean los que esperamos. Trabajamos con el sufrimiento humano y no somos inmunes a él. El sentimiento de impotencia es generalizado».

Recuerdo mi primera sesión presencial con la psicóloga-sin-nombre, la desaparecida, después del confinamiento. Le pregunté si podíamos vernos en un mes en vez de tres, porque estar encerrada durante tanto tiempo me había hecho dar un retroceso. Recuerdo su cara al decirme que no creía que fuera posible, que estaban colapsados, pero que me marcaba como «urgente». Me dieron cita para dos meses más tarde. Si me llegan a dar cita para dos meses más tarde cuando comencé con esto, desde luego hoy no sería la persona que soy. Si me llego a encontrar que cada tres o cuatro sesiones me cambian a la persona a la que tengo que contarle tantas cosas y tan íntimas, tampoco sé que sería de mí hoy. «Llevamos unos diez años que, de cada diez profesionales que se jubilan, se cubren una o dos plazas», dice Veiga. «Tenemos tasas de temporalidad y precariedad de las peores de toda Europa», añade Berdullas.

«Esto afecta en cualquier campo de la sanidad, pero en Salud Mental es aún más importante debido al tipo de cosas que se ponen en juego tanto en la relación como en la información proporcionada. Hablamos de los aspectos más íntimos de nuestras existencias y los pacientes se colocan en una posición de vulnerabilidad». Lidia concuerda: «Es duro establecer una relación de confianza con un profesional de este ámbito. Le abres tu mente, tus miedos, tus preocupaciones... eso no sale hablarlo así como así hasta que tienes todo muy madurado. Al principio, no es nada fácil». Ni al principio, ni durante, pienso yo. No sé si hay final. Lo único que sé es que nadie llega al final del camino si tiene que ajustarse unos zapatos nuevos en cada etapa. Los callos se soportan porque sabes que, al final, tus pies se adaptan. Yo no quiero estar toda la vida adaptándome.

Miriam también conoció a varios profesionales de la Salud Mental: «Viendo que desde la pública no me atendían como yo quería, comencé con un terapeuta privado, lo dejé, regresé... Tras varios años de idas y vueltas, y cuando por fin fui económicamente independiente, decidí retomar la terapia». Lidia también pasó por varios profesionales en los últimos años debido a un cambio de residencia. «En mi experiencia, la atención de Salud Mental es muchísimo peor en Galicia que en otras comunidades autónomas. Actualmente resido en otra y la gestión de mi cita fue rápida, y mismo hay grupos para personas con ansiedad y circuitos específicos para personas con trastornos diferentes, todo desde la sanidad pública».

No es una percepción de Lidia, el estado del servicio de Salud Mental en Galicia es peor que en otros sitios. «La Comisión Asesora en Salud Mental del Sergas del año 1997 recomendaba duplicar los profesionales de psicología clínica para atender la población con un mínimo de calidad», dice Berdullas. «A día de hoy, aun no llegamos la esas cifras que nos recomendaban en el 97 y, además, hay que tener en cuenta que en estos más de 20 años aumentó la demanda de la población, sin incluir ya la problemática que tenemos y vamos a tener derivada por la Covid-19. En las crisis económicas hay un lógico empeoramiento de la salud mental, así que esperamos un aumento similar al de la crisis de 2008».

La crisis. El dinero. Porque el dinero es importante, por supuesto. «Yo veo el dinero que destino a la psicóloga privada como una inversión y no un gasto, pero soy mileurista y a veces me cuesta llegar a fin de mes, a pesar de que no tengo cargas familiares», dice Miriam. «En mis peores momentos, llegué a tener facturas de terapia psicológica de 250 euros al mes. De normal, unos 120 como mínimo, para hacer una terapia de seguimiento que sirva y se mantenga activa. Por un importe inferior, el tiempo dedicado es tan poco que es difícil ver resultados. En la actualidad, que estoy mejor, unos 60 cada dos o tres meses». Lidia concuerda en las cifras: «en torno a los 200 cuando peor estaba, 100 cuando andaba mejor». A ella, como yo, también le pagaron mamá y papá la terapia al inicio, porque mamá y papá podían. Me pregunto que será de los y de las adolescentes cuyos progenitores no tienen ese poder adquisitivo.

«El suicidio es la primera causa de muerte violenta en Galicia, por delante de los accidentes de tráfico. Entre las personas de 15 a 24 años, es la tercera causa de muerte más frecuente», dice Veiga. Así de cruda es la realidad. Berdullas añade: «en Galicia murieron 3.345 personas por suicidio entre 2010 y 2019 (318 en ese último año). Junto con Asturias, somos la comunidad con mayor número de suicidios por cada 100.000 habitantes. Además, la OMS estima que por cada muerte por suicido consumada se producen 20 tentativas». Tengo suerte, me repito a mí misma mientras observo la desconocida que va a ser, a partir de ahora y a saber durante cuánto tiempo, mi nueva psicóloga, mis nuevos zapatos.

Recuerdo la primera vez que fui a la consulta del ginecólogo, la vergüenza que pasé. Ojalá venir a las consultas de Salud Mental fuera tan sencillo como ponerme en bragas delante de desconocidos, sería todo muchísimo más sencillo. La Xunta anunció el Plan de Salud Mental de Galicia Post-Covid el pasado junio, que fue lo que me llevó a escribir una reflexión en Twitter sobre mi experiencia en el sistema público. Lo anunciaron como si fuera la solución a todos los males, pero yo no lo sentí así. Berdullas tampoco: «el Plan de Salud Mental de Galicia Post-Covid no es un plan, es un mero listado de medidas. Además, con el aumento de plazas que se prevé en Psicología Clínica para los próximos cuatro años no llegamos ni a la mitad de lo que ya era preciso aumentar en el 97».

 

Al final no soy yo la que está en bragas. Es la Salud Mental pública en Galicia, y a los responsables no parece darles vergüenza.

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