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Nunca más

eldiario.es: Repaso mis notas. Mi primera intervención fue de veinte minutos. El mensaje principal de Amnistía Internacional es nítido y trato de repetirlo algunas veces para que, como mandan los cánones de la comunicación, quede reflejado en el corazón y el cerebro de sus señorías: “No se puede repetir lo ocurrido a partir del 2008 y que se prolongó por siete años insufribles para una buena parte de la población española y específicamente para aquellas personas pertenecientes a grupos vulnerables: no deben volver las mal llamadas políticas de austeridad de recorte del gasto público en salud.”


En el caso griego, su gobierno comenzó a aplicar medidas de austeridad en 2010. El gasto público se redujo un 32% en todos los sectores, y el destinado a salud pública disminuyó casi un 43% entre 2009 y 2017. En España, los recortes en sanidad han tenido como consecuencia un deterioro de la accesibilidad, la asequibilidad y la calidad de la atención de la salud. Entre 2011 y 2014, el Sistema Nacional de Salud perdió casi 28.500 trabajadores. Los efectos de la austeridad no se miden sólo en números, también hay que valorar el impacto en el derecho a la salud y en el sufrimiento y la incertidumbre que generan en buena parte de la población.

Manifestación en 2014 contra las políticas de austeridad / AP Photo/Andres Kudacki

Manifestación en 2014 contra las políticas de austeridad / AP Photo/Andres Kudacki

Indico, con vehemencia, a la docena de diputados y diputadas de todos los grupos políticos que asisten a mi comparecencia en el grupo de trabajo de la Unión Europea de la Comisión de Restructuración Económica y Social del Congreso, que “la dolorosa experiencia sufrida por Grecia y España no debe repetirse ni replicarse; no debe haber vuelta a una nociva estrategia de austeridad que impacte en los derechos humanos. Ni en la Unión Europea, ni en el interior de los Estados que la conforman. Invertir en los Sistemas Públicos de Salud no es una opción, es una obligación.”



Después, en esos veinte minutos, les pido, que “el nunca más” se aplique, también, a las residencias de mayores donde han muerto casi veinte mil personas, o a la falta de protección del personal sanitario que ha dejado como consecuencia más de cincuenta mil profesionales contagiados y matado a más setenta. A día de hoy todavía no sabemos en qué centros de salud fue más grave y continuado el contagio ni a qué categorías laborales de sanitarios golpeó la pandemia con mayor intensidad. Sabemos, eso sí, que el 76%  son mujeres.



Debemos también mirar más allá de nosotros y combatir la pandemia con decisión y generosidad, fuera de nuestras fronteras. Es nuestra obligación. La única manera de escapar del miedo y de la enfermedad es conseguir que estos tres meses de Estado de alarma sean solo un recuerdo doloroso y para ello hay que insistir en que toda la humanidad tiene derecho a que las vacunas y tratamientos que se desarrollen para la COVID-19 sean asequibles y accesibles sin ningún tipo de discriminación. Nunca más una vacuna negada a aquellos que no pueden permitirse pagarla.

Personal de la residencia para mayores de Pozuelo de Alarcón ayuda a una mujer a comunicarse con sus seres queridos / AP Photo/Bernat Armangue

Personal de la residencia para mayores de Pozuelo de Alarcón ayuda a una mujer a comunicarse con sus seres queridos / AP Photo/Bernat Armangue

Señorías, ¿será posible esta vez lograr que las medidas de emergencia que debilitan los derechos civiles y políticos no se queden entre nosotros amenazando la democracia en buena parte del mundo? ¿Aprenderemos esta vez de los errores cometidos después del 11 de septiembre del 2001? ¿Trabajaremos juntos para evitar que la integridad física de los detenidos, la libertad de expresión o la privacidad sean puestas en riesgo?



Tras la intervención nadie quedó indiferente: hubo diputados que compartieron nuestras preocupaciones y sugerencias sobre el futuro, otros argumentaron que en algunos temas les gustaría que llegáramos más lejos y fuéramos mas ambiciosos, y otros, sencillamente, trataron de golpear a sus adversarios políticos interpelando a Amnistía Internacional.

Debo confesar que causa desasosiego asistir en directo -y ser semi protagonista- a los enfrentamientos descarnados, y en cierta manera artificiales, entre grupos políticos. Y mi intranquilidad no se debe al trato recibido en el Congreso por parte de algunos diputados sino a la preocupación por el futuro.

¿Serán capaces nuestros gobernantes y partidos políticos de proteger a quienes viven a la intemperie? ¿Tendremos una hoja de ruta de salida de la crisis que ponga en el centro a la humanidad y sus derechos? ¿Nos sentiremos un día orgullosos de honrar a nuestros muertos y nuestros héroes habiendo hecho de esta sociedad un lugar mejor donde vivir?. ¿Habremos aprendido de las políticas equivocadas del pasado? ¿Podremos decir un día que nunca más fue nunca más, de verdad?


 

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